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Artículo de marzo, revista Página del Distrito. María de la O Lejárraga

Estamos en marzo y el día 8 es el “Día de la mujer”, una fecha para reivindicar la igualdad de derechos, por eso este artículo quiero dedicarlo a esas mujeres que dentro de las artes y las ciencias han sido invisibles. Sería imposible hacer una lista, así que, cogiendo la parte por el todo, me voy a centrar en una española, María de la O Lejárraga, escritora a la sombra de su esposo y autora de las obras que él firmó como propias.

MARÍA DE LA O LEJÁRRAGA, LA MUJER INVISIBLE

María Lejárraga García nació en San Millán de la Cogolla en 1874. Era de familia acomodada y eso le permitió estudiar, ser maestra y ejercer como tal. María comenzó pronto a escribir y llegó a publicar una colección de cuentos, pero su familia la desanimó a seguir por el camino de la literatura, ser escritora estaba mal visto.

En 1900 se casó con Gregorio Martínez Sierra, un hombre de teatro, productor y muy conocido en los ambientes culturales de la época. Estaba muy enamorada de su marido y empezó a escribir las obras que él firmaba. María se convirtió en dramaturga, novelista, ensayista y traductora, pero la autoría era de Gregorio. Cierto es que de esta forma pudo dedicarse a ser escritora sin la crítica social que acompañaba a las mujeres que se atrevían con las letras, pero el tiempo pasaba y solo su marido era reconocido como autor exitoso.

Parece paradójico pensar que una mujer de su formación consintiese en que aquella situación se mantuviera en el tiempo, pero la verdad es que conocemos varias literatas que permanecieron en la sombra bajo nombres masculinos. Son famosos los ejemplos de George Sand, Fernán Caballero e Isak Dinesen, que eran en realidad, y respectivamente, Amantine Aurore Dupin, Cecilia Böhl de Faber y Karen Blixen, aunque en estos casos eran pseudónimos y no maridos firmantes.

Imaginar a María viendo en el teatro los aplausos y leyendo las críticas favorables atribuidas en exclusiva a su esposo me resulta, a día de hoy, incomprensible. Quizá pensase que era la única manera de que sus obras salieran a la luz, pero que alguien a quien ella amaba se aprovechase así de su talento, sin mencionarla nunca, sin reconocer su valía, haciendo suyos los elogios, como si realmente los mereciese, me hace ver a Gregorio como un perfecto caradura (dicho muy finamente). Por desgracia, no es el único caso de apropiación intelectual; la historia está llena de “negros” y parásitos.

En la vida de María, como en las novelas, hubo aún un par de vueltas de tuerca más. Para empezar, su marido la abandonó por una actriz, Catalina Bárcena, con quien tuvo una hija. A pesar de todo, la abnegada María siguió escribiendo para él. Parece probado que, dentro de su círculo más cercano, todos sabían quién era la autora de los éxitos de Gregorio y alguna presión debió haber para que, en 1930, Gregorio firmara un escrito en el que reconocía el trabajo de colaboración de su mujer, con la salvedad de afirmar que los derechos le pertenecían; la verdadera autora seguía bajo su sombra.

Su silencio se volvió contra ella de la manera más cruel. En 1947, al morir Gregorio, la hija de su segundo matrimonio reclamó, como única heredera, los derechos de autor de su padre. María se quedó en la miseria, exiliada en Argentina y sin recursos. Allí publicó la obra autobiográfica Gregorio y yo, donde desveló, por fin, lo que ya se sabía. A pesar de todo, María siguió utilizando los apellidos de su marido y firmaba como María Martínez Sierra, quizá porque no se pudo desprender (o no quiso) de aquel lastre que fue el amor de su vida.

La revelación de la verdad no significó gran cosa. Las editoriales continuaron publicando bajo el nombre de Gregorio y, como mucho, mencionaban la ayuda de María. La recuperación de su nombre como escritora no llegó a verlo, y eso que murió en 1974, al borde de los cien años, en un siglo en el que cambiaron muchas cosas pero no las suficientes.

Es también famosa la anécdota de cuando María envió un guion a Disney y se lo rechazaron. Era una historia para niños, de un perro vagabundo y una gata finolis que se enamoraban. Cuatro años después de rechazar ese guion, Disney estrenó La dama y el vagabundo, con una trama tan parecida a la historia de María que sus mismos amigos la animaron a reclamar a la gran productora. Pero ella dijo que no merecía la pena, estaba mayor, cansada, arruinada y en el exilio. Es de suponer que ya no le quedaban fuerzas para iniciar una batalla legal y, una vez más, la autoría de su obra quedó en la sombra.

De toda la producción literaria de María Lejárraga (o María Martínez Sierra, si lo preferís), las más conocidas fueron las obras de teatro Golondrinas y Canción de cuna, que a lo mejor ponen este año en la cartelera de Madrid (nunca se sabe) y las letras de los libretos de El amor brujo y El sombrero de tres picos, con música de Manuel de Falla.

Me gustaría recomendar la lectura de Canción de cuna, obra de teatro de género costumbrista, que es sin duda su drama de más éxito. Es una historia sencilla: una niña es abandonada en un convento de clausura y criada por las monjas hasta su mayoría de edad. Por supuesto, no desvelaré el final. Además de leerla, podéis ver alguna de las versiones que fueron llevadas al cine, la última de ellas dirigida por José Luis Garci, en 1994, y ganadora de diversos premios, entre ellos, varios Goya.

Si os interesa su historia, podéis leer también a Vanessa Monfort, que ha escrito la obra de teatro Firmado Lejárraga, que se estrenó en el Centro Dramático Nacional en 2019.

Actualmente, las obras de Lejárraga aparecen publicadas con su nombre, porque la justicia llega tarde, pero llega (a veces al menos).

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