Premiados

Entre ventanas

 Hoy os traigo un cuento ambientado en un hospital, que es un entorno que conozco muy bien. El relato fue galardonado en el Certamen de Literatura del SAE, en cuyas bases se especificaba que la temática debía ser la sanitaria. Este tipo de premisas pueden parecer un muro a la creación libre, pero también suponen un reto y pueden servir como un buen ejercicio de estilo. En este caso, yo me enfrentaba al mundo hospitalario, que es proclive a las historias un tanto dramáticas o truculentas, con el consiguiente peligro literario, por eso elegí una perspectiva alejada, centrándome en lo que se ve desde fuera, desde las ventanas, que resultan tan indiscretas, tan cinéfilas, tan literarias.

 Espero que os guste este cuento y os anime a mirar más desde la ventana en estos días de aislamiento. Aprovecho para confesar que los escritores tendemos a ser cotillas y que eso, en el fondo, no creo que sea malo, siempre se puede bajar la persiana y poner fin al espectáculo de la vida de los otros; como veis, el cine y la literatura se llevan bien. Un saludo y ¡nos leemos!

Entre Ventanas

  Decidió quedarse en casa durante las vacaciones. Después de mucho discutir, sus padres accedieron, recordándole que era solo porque tenía que estudiar. Los primeros días no tocó un libro, respirando la libertad sin horarios, pero un mes pasa pronto y apenas le quedaban diez días para el regreso de su familia y el comienzo de los exámenes.

  Se sentó en el escritorio y abrió sin ganas el libro, tropezándose con la ley de Boyle abandonada desde Julio, después de algunos párrafos sin enterarse de nada, levantó la mirada hacia la fachada del hospital, una hilera de ventanas donde ya se había acostumbrado a ver enfermos y personal sanitario en continuo trasiego. Enfrente subían una persiana, una auxiliar explicaba donde estaban las cosas mientras daba un camisón a una chica que debía de tener su edad, pensó que era un ingreso, lo había visto muchas veces, las caras de nerviosismo, la curiosidad, la inquietud, fue entonces cuando ella se asomó a la ventana y sus miradas se cruzaron, fue solo un segundo, pero Daniel sintió que enrojecía y bajó la cabeza, instintivamente se puso a estudiar, se sentía pillado espiando una vida que no era suya. Durante la siguiente hora su mente vagó por pesos y volúmenes, solo se levantó para ir al baño, pero antes volvió a mirar, la chica estaba en la cama y anotaba algunas cosas en un cuaderno, parecía ensimismada, de vez en cuando se detenía y mordía el bolígrafo, se abrió la puerta y los que debían de ser sus padres entraron en la habitación, traían revistas, la chica escondió el cuaderno bajo la almohada, mientras la madre bajaba un poco la persiana y el padre hablaba por el móvil, Daniel pensó que quizá escribía un diario.

  Era hora de cenar, metió una pizza en el microondas y abrió un bote de cocacola, pensó en el poco tiempo que le quedaba para seguir haciendo aquellas comidas, con la vuelta de sus padres también regresarían el mantel, los cubiertos, el primero, el segundo y la fruta de postre, cuando volvió a la habitación la chica estaba dando vueltas por la suya, de pronto abrió la ventana y se acodó en el alféizar, de nuevo sus miradas se cruzaron, no le quedó más remedio que saludarla con la mano, ella le dijo algo pero con el tráfico no la oyó, entonces puso las manos simulando un libro y el asintió, le hizo el símbolo de la victoria con los dedos y él puso los codos en la mesa, la puerta de la chica se abrió y entraron sus padres con un grupo de gente joven, ella pareció alegrarse y el volvió a Boyle, pensó en repasar Arquímedes, nunca se sabe, en septiembre suelen ser benévolos, durante toda la tarde tuvo visitas y no se acercó a la ventana, ya de noche entraron a ponerle un suero y la madre bajó la persiana.

 A la mañana siguiente se levantó tarde, tenía la cabeza llena de fluidos, gases, temperaturas, flotabilidad y cosas por el estilo, miró hacia la habitación, pero la cama no estaba, y la chica tampoco, solo los padres que hablaban y parecían preocupados, después de tanto tiempo observando el hospital sabía que una cama fuera de la habitación significaba una prueba o incluso una operación. Toda la mañana estuvo pendiente de su regreso, no podía concentrarse en Pascal, se duchó, comió un bol de cereales, se levantó varias veces al baño, a la cocina, al salón, hizo algunas llamadas por el móvil, incluso habló con sus padres, que lo notaron preocupado y su madre le recomendó dormir y comer en condiciones, tener horarios y estudiar, luego contaron algo del pueblo y de sus primos, pero él apenas se enteró de nada. A media tarde regresó la cama con la chica, por los gestos de los padres parecía que todo iba bien, entró la auxiliar con la enfermera y los padres salieron de la habitación, alguien bajó la persiana, pero no le importó, por fin estaba tranquilo y podía concentrarse en Pascal.

  Se despertó sobresaltado, había tenido una pesadilla, se sentó en la cama e intentó recordar el sueño, estaba en el hospital, vestido de médico en un quirófano, quería salir de allí pero algo lo sujetaba, miraba la mesa de operaciones y allí estaba la chica, entonces se daba cuenta de que tenía un bisturí en la mano, oía las voces que le decían que debía abrir ya pues el tiempo se acababa y él sin voz para explicar que no era médico, ni cirujano, ni enfermero, entonces sentía que lo cogían de la muñeca y que clavaba el bisturí en el vientre de la chica, fue en ese momento cuando abrió los ojos y comprendió que estaba soñando, todavía le latía el corazón con mucha fuerza, estaba completamente despejado, decidió levantarse, fue al baño e intentó reírse de si mismo, pero aún estaba impresionado, se lavó la cara, se tomó un batido de cacao y vio la televisión hasta quedarse dormido en el sofá.

  Despertó tarde y con dolor de cuello, era casi mediodía y el libro lo esperaba en el escritorio, antes de abrirlo miró por la ventana, la chica daba unos pasos apoyada en su madre, tenía la mano sobre el vientre e iba ligeramente encogida, al acercarse al cristal lo saludó con la mano, él repitió el saludo y bajó enseguida la cabeza, sentía vergüenza de que estuviera la madre mientras él observaba la escena. Abrió por la ley de Charles, leyó varias veces el enunciado, pero no se enteraba de nada y pensó que se estaba obsesionando por una desconocida, que no podía permitirse el lujo de perder más el tiempo con aquella historia, se levantó y cogió una bolsa de patatas y una cocacola para empezar con las leyes de Charles, Henry y Dalton, a pesar de sus buenos propósitos no pudo evitar mirar de vez en cuando, la chica parecía absorta escribiendo en su cuaderno y pensó que quizá ella también tenía que estudiar, se sintió ridículo, ella con tanta fuerza de voluntad, recién operada, y él haciendo el moñas con el examen a la vuelta de la esquina. Por la tarde volvieron las visitas, ella no se acercó ni una vez a la ventana y por fin Daniel pudo estudiar durante unas horas, quizá aún había esperanzas de aprobar.

  Al día siguiente madrugó, la chica ya paseaba sin ayuda, se saludaron, ella intentó decir algo pero él no la entendió, en ese momento entró el médico, seguido de la enfermera y de una auxiliar que empujaba un carro de curas, bajaron la persiana y él se quedo con la duda de lo que quiso decirle, esperó hasta que la persiana subió de nuevo pero en la habitación había bastante gente y todos parecían muy contentos, en ese momento comprendió que quizás estaba a punto de marcharse de alta, ya no tenía suero, parecía encontrarse bien, todo era alegría a su alrededor, pero él sintió una punzada, se iba a ir, sin siquiera saber como se llamaba, sin poder cruzar una palabra con ella, se levantó y dio una vuelta por la casa, la situación era absurda, pero sentía que la conocía de siempre, había estado muy preocupado por la operación, incluso había soñado con ella y ahora se iría, así sin más, como cualquiera de los otros pacientes que había visto antes.

  Durante la tarde llegó un grupo de jóvenes, la vio muy animada, solo a última hora se acercó a la ventana y le dijo adiós con la mano, el también saludó, luego la vio meterse en la cama y sacar el cuaderno que tenía bajo la almohada, solo dejó de escribir para cenar y él la observó hasta que apagó la luz, se sentía desconcertado, algo le impulsaba a ir a la habitación, pero cómo presentarse, ser “el chico de la ventana” le parecía a veces tonto, otras gracioso y siempre ridículo. Se metió en la cama para pensar, no la conocía de nada, pero se habían saludado todos los días varias veces, podía ir con una excusa, tener un amigo ingresado, pero empezarían las preguntas y a él se le daba fatal mentir, lo mejor era ir directo, que si soy el chico de enfrente, que si me llamo Daniel, esas bobadas, también llevar un detalle, eso gusta a las chicas, pensó en colonias, un libro, algún colgante, ¡pero si no la conocía!, flores, era lo mejor, su madre siempre llevaba flores a los hospitales, por una vez imitaría a su madre, más tranquilo cogió un cómic y leyó hasta dormirse.

   Al despertar el plan de la noche anterior se había desinflado y decidió que sería mejor estudiar un rato, se sentó en el escritorio, miró por la ventana y la vio, estaba acodada en el alfeizar, él saludo con la mano y ella le dijo adiós y después se retiró al baño, comprendió que efectivamente se iba. Se levantó corriendo y fue a darse una ducha decidido a conocerla en persona, le daba igual parecer ridículo, si no lo hacía estaba seguro de arrepentirse, buscó algo de ropa limpia y lamentó no haber puesto la lavadora en los últimos quince días, por fin encontró un vaquero y una camiseta bastante decente para una visita, se los puso y bajó a la calle, recordaba que en la esquina había una floristería, se acercó, la dependienta estaba colocando los ramos recién traídos, no eran ni las diez de la mañana, ella le preguntó qué quería y él explicó vagamente lo del ramo y una chica, tuvo que aclarar que no era su novia, solo una compañera de instituto, que no sabía sus gustos, que apenas la conocía, que todos habían ido a verla menos él, por los exámenes, la dependienta le recomendó unas margaritas, eran baratas y siempre quedaban bien, le preparó un ramo que le pareció bonito y se alegró de la decisión, algo más calmado cruzó la calle y entró en el hospital, sabía que era la segunda planta, al abrirse el ascensor temió que todo el mundo lo mirase, pero el trasiego de carros, personal sanitario, enfermos paseando y familiares cuchicheando en las puertas le hizo sentir que pasaba totalmente desapercibido, avanzó despacio, mirando disimuladamente las habitaciones abiertas, a través de las ventanas veía su edificio, le pareció extraña la nueva perspectiva, calculó qué habitación se vería desde su casa y cuando estuvo seguro se paró ante la puerta, dudaba si llamar, cada segundo estaba más nervioso, entonces abrieron y ante él encontró a una auxiliar con un carro de ropa sucia, la habitación estaba vacía, se quedó pasmado, la auxiliar le sonrió y le dijo que si venía a visitar a Blanca, que se había ido hacía nada, que era una pena porque era claro que se habían cruzado en el ascensor, que el ramo era muy bonito y que seguro que le gustaría cuando se lo llevara a casa, él contestó que iría enseguida y ella le dijo que perfecto porque Blanca se había dejado un cuaderno, le acercó el diario y él lo cogió temblando de nervios y se despidió antes de que la auxiliar pudiese cambiar de opinión. Corrió hasta el ascensor, salió al vestíbulo y cruzó la calle sin mirar, recibiendo una sonora pitada acompañada de varios improperios, subió corriendo y no se sintió seguro hasta haber cerrado la puerta de su cuarto, entonces abrió el cuaderno y empezó a leer.

“Me llamo Blanca y me van a operar, queda raro empezar así un diario, pero desde ayer todo ha sido raro, empezó con un dolor de tripa y mi madre, que es una histérica, me trajo a urgencias, resultó que tenía razón, apendicitis, y justo al final del verano, perfecto para fastidiarme los últimos días de vacaciones y suficiente para estar bien al empezar el instituto. Al salir de urgencias, camino de la habitación, sentada en una silla de ruedas y haciendo el ridículo total con mis padres que parecían dos escoltas, en el escaparate de prensa, te vi, me pareciste tan bonito con tus tapas de colores que le pedí a mamá que te comprara, se fue como un rayo y antes de que llegase el ascensor ya estabas en mis manos.

“La habitación está bien, lo que más mola es la cama y todas sus posiciones, enfrente tengo un edificio y ¡sorpresa! hay un chico que vive justo a la altura de mi ventana, ya nos hemos saludado, él ha bajado la cabeza, parece tímido, ¡que mono!, está estudiando, tiene pinta de agobiado, claro, septiembre ya está encima, por suerte yo no tengo nada pendiente este año, pero sé lo mal que se pasa. Te tengo que dejar, vienen a pincharme.

“El suero es un rollo y el camisón con el culo al aire, puf, lo más de lo más, mañana me operan, que yuyu.

“Tarde con mogollón de visitas, me apagan la luz, ya te contaré.

“Ya ha pasado todo, ayer no escribí porque vino toda la familia y estaba muy cansada, la operación será entretenida para el médico, pero yo no recuerdo nada, primero cuentas al revés para dormirte y luego despiertas en la habitación con la boca seca y con mucho sueño, hablando de sueño, el que tuve después fue muy raro, estaba en el quirófano, rodeada de gente con mascarilla, excepto el chico de la ventana, de cerca es muy guapo, me miraba asustado, tenía en la mano un bisturí y todos le obligaban a operarme, el pobre no quería, yo estaba tranquila, sabía que ya me habían operado, alguien le cogió la mano, noté unas cosquillas sobre la herida y me desperté riendo, tuve que ponerme la mano sobre el apósito, mi madre se asustó, pero yo le dije que era un sueño tonto y que no me acordaba de casi nada.

“Hoy me he levantado de la cama, no tengo fiebre ni dolor, si sigo así dicen que me iré pronto, con el chico de la ventana me sigo viendo, creo que nos gustamos o que nos caemos bien, no sé, es todo un poco raro.

“He intentado explicarle que me iré pronto pero no se si me ha entendido, es difícil comunicarnos con tanta visita, además, no quiero que se enteren, ya tengo fama de zumbada.

“Hoy es el día, ha pasado el médico con el alta, a mi madre le han explicado algo del centro de salud y el seguimiento y no sé qué tonterías más, yo estoy asomada a la ventana pero él no aparece.

“Por fin, lo he visto un segundo para decirle adiós, estoy encerrada en el baño con la excusa de vestirme, mi madre ha ido a despedirse del personal, la he mandado a por bombones y así me deja en paz un rato, sé que todo esto es absurdo pero estoy muy triste, tengo que disimular delante de todos, no hago más que pensar y solo se me ha ocurrido esta tontería, te vas a quedar aquí, escondido bajo la almohada, como todos estos días, quizás de alguna forma puedas llegar a sus manos.”

  Daniel terminó de leer, al final de la página, bajo el nombre de Blanca estaban su dirección y su teléfono.

Entrega del primer premio del certamen literario del SAE.

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