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Soy pregonera…

Buenas noches vecinas y vecinos del barrio de Rejas.

Es la primera vez que doy un pregón y, como creo que será la última, voy a intentar quedar más o menos bien.

Cuando me propusieron ser pregonera lo hicieron por “whatsapp”, querían contactar con una escritora, yo pensé que se habían confundido, pero no, me lo proponían a mí, que al fin y al cabo soy escritora y del barrio, gracias a la organización y a la representación del distrito por subirme tan alto.

El caso es que aquí estamos, un año más en las fiestas de Rejas, aunque a mí me sale decir Pegaso, es lo que tiene ser mayor, que te acuerdas mejor de lo de hace X años que de lo que cenaste ayer, pero me vais a permitir hablar un poco de mi generación que es también la de unos cuantos que veo por aquí.

Fuimos los niños y las niñas del barrio, ahora somos padres, madres, abuelos y abuelas de los actuales. “Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos” y “ay, cómo hemos cambiado”, (para los listillos, estas frases no son mías, son  de Neruda y Presuntos Implicados, aclaración para que nadie me acuse de hacer un anarrosaquintana), pero esto es una realidad, el tiempo ha pasado y me voy a poner un poquito nostálgica.

Nuestras fiestas, para empezar, eran las de San Cristóbal, el patrón de las cosas con ruedas, y eran las de Pegaso, que era más un pueblo que un barrio, para bien o para mal nos conocíamos todos, los niños podíamos estar hasta las tantas en la calle pero también nuestros padres se enteraban de todo por el radio macuto de la vecindad y había que andarse con ojo pues te podía caer un pescozón a la mínima que te pasases, era todo muy entrañable, con sus caballitos, como los del cartel de este año, los choques y la ola, la escopeta de perdigones para dar al palillo, que un paquete de chicles te salía a precio de caviar, y la muñeca chochona con el perrito piloto, que era lo más moderno y sofisticado para poner encima de la cama, que si no tenías eso en tu habitación eras la rara o no habías estado en las fiestas, y después venía el baile, con las orquestas de verano, Destellos, Vibraciones, Maravillas… que te tocaban a Manolo Escobar, pasando por los Bee Gees y acabando con los pasodobles.

Las fiestas eran el principio del verano, en aquella época, hasta las vacaciones se nos hacían largas, ahí se ve cómo hemos cambiado, y la piscina, en la que los que no teníamos carnet, o sea los de la Colonia Occidente, lo falsificábamos con ayuda de los de Pegaso, siete fotos diferentes para el mismo carnet con el mismo nombre, el guarda o era tonto o se lo hacía, y juegos de calle como el gua, el rescate, la goma, el burro, aquí que cada cual explique a sus descendientes de lo que estoy hablando, y otras cosas que se hacían a escondidas como cruzar la autopista para ir al verde, hacer fogatas, meterse en las alcantarillas, jugar en la vía, pegarse a pedradas con los de Canillejas, subirse en los carteles publicitarios, cosas que no se deben hacer porque son peligrosas e ilegales y los yayos, nosotros, ya no vamos a ir a la cárcel por todo ello porque ha prescrito, pero eso no se hace.

Después las fiestas desaparecieron, como la piscina, tenemos la cubierta pero no es lo mismo, y el barrio fue creciendo y siguió teniendo un solo autobús, el 77, que nos gusta tanto que lo queremos único y sin competencia (nótese la ironía), y el barrio creció más y más y pasó a llamarse Barrio de Rejas, hay personas que no les gusta que esto se llame así, puede dar lugar a chistes fáciles, pero Rejas es un arroyo y también una pequeña población que estaba en esta zona y que aparece en “El Buscón”, la novela picaresca de Quevedo, cuando el protagonista pernocta en una venta de Rejas viajando entre Alcalá de Henares y Madrid, para saber lo que sucede hay que leérsela (cuña publicitaria: lecturas de verano recomendadas: la novela de Quevedo y la mía, que las dos cosas se pueden comprar en el barrio, que tenemos librería y los comerciantes también son vecinos, no nos olvidemos).

El caso es que nuestro barrio ha cambiado, tenemos centro de mayores, de salud y cultural, en breve habrá un instituto, pero el colegio sigue siendo el mismo y algunos maestros siguen viviendo en su bloque, como la señorita Merche, profesora de lengua, literatura y francés, la primera que me animó a escribir, a pesar de mis faltas de ortografía, y también el paseo a la estación sigue igual, desde hace 60 años, un paseo camino a una estación fantasma, como el tren de la bruja pero con menos gracia (otra reivindicación), pero no quiero meterme en más charcos. Hoy inauguramos nuestras fiestas y es momento de diversión y participación, de conocer y reconocer a los vecinos y vecinas, de demostrar la buena convivencia de la que siempre hemos hecho gala y, en una palabra, de disfrutar.

Ha sido un placer poder compartir este pregón con la gente de mi barrio entre la que se encuentran mi familia y mis amigos.

Gracias y felices fiestas.

 

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