Publicados,  Relatos

Cuatro Horas.

Libro Bea

El texto “ Cuatro Horas” fue el primer relato que me publicaron, la verdad es que la sensación de ver en un libro un cuento escrito por ti es algo muy gratificante, en aquel tiempo yo era joven y acababa de tener mi primer contacto con un taller literario, recuerdo las palabras que definían a mi cuento como “publicable”, aquello me pareció maravilloso, ahora después del paso del tiempo veo errores y algunas cosas que ahora corregiría pero prefiero dejar el texto como está, fue el primero y como tal le tengo cariño, cada escrito tiene una parte del tiempo que fue y fui, espero que lo disfrutéis. Saludos y gracias por leerme.

Cuatro Horas.

Le gustaba demorarse a propósito, ponerse cuidadosamente las medias, el traje a rayas, el delantal azul oscuro, hacerse la coleta y mirarse en el espejo, diciéndose “soy más guapa que ellos”, al tiempo que depositaba un beso sobre el reflejo de sus labios. Respiró hondo y salió.

─Buenos días ─murmuró.

La mujer llevaba una bata de seda rosa sobre un camisón blanco de encaje.

─Se dice “buenos días, señora” ─contestó.

─Señora.

─Te he repetido un centenar de veces que mi marido es el señor, Carlos y Nuchi señoritos, y cada vez que te dirijas a mí, señora; a Pati le puedes llamar Patricia, ya que es de tu misma edad.

─Si quiere, señora, le digo señorita Patricia, total me es igual.

─Eso es lo malo, que todo te es igual ─dijo, agitando las manos.

Suspiró la criada, acercándose a la pila con los cacharros del desayuno.

Por la ventana se veía una avenida bordeada por olmos muertos que el Ayuntamiento retiraba y sustituía por chopos esmirriados de invernadero.

─Estos arbolillos no van ha resistir el invierno.

─¿Qué?

─Nada, señora.

Llevaba varios meses trabajando en aquella casa, sustituía a una amiga que dejó el trabajo cuando tuvo gemelos.

─El sueldo es una mierda pero, si no tienes otra cosa, cógelo, yo, desde luego no pienso volver, menudo embarazo he pasado, ni una vez se han interesado por mí. Lo único que quiere esa bruja es que le encuentre sustituta.

Terminó de fregar los cacharros y se metió en el cuarto de baño, el lavabo estaba lleno de pelos, la máquina de afeitar colgaba del enchufe y algunas prendas de ropa interior se amontonaban en el bidé.

─Mujer, no puede ser tan malo, además me hace falta el dinero.

─Si lo coges, hazlo por eso, por el dinero, son unos puercos, mucha fachada pero nada más. El señor es accionista, ya me dirás tú qué entiendes por eso, en cinco años no he sabido nada de lo que en realidad es su trabajo, pero debe de haber trapicheos a punta pala. El niño, un cretino que lleva tres años haciendo segundo de económicas y las niñas, un par de insulsas.

Terminó de recoger el baño y salió al pasillo. Desde el salón se oía a la señora hablar en voz baja por teléfono, al tiempo que anotaba algunas cosas en la agenda del escritorio estilo imperio. La puerta del despacho estaba abierta y la criada se quedó en el umbral.

─¿Qué haces ahí plantada? ─gritó mientras con la mano tapaba el auricular─. Un momento, por favor ─dijo apresuradamente.

─Es que no sé por donde seguir, el baño ya está.

─Mira que eres pánfila, por las habitaciones, mujer.

─Sí señora.

─La peor de todos es ella, se cree una duquesa y es hija de un almacenista de patatas que se enriqueció después de la guerra. Al principio vivía con ellos, después creo que se fue a una residencia, no era mala persona; paleto, eso sí, que usaba boina hasta para mear. En verano el portero cogió vacaciones y vino un sustituto, lo primero que hizo cuando le vio aparecer con la bolsa de pan y la boina, fue mandarlo a la escalera de servicio, ¡no veas cómo se puso la bruja!, primero se la montó a su padre por ir con la boina a todas partes y después, ¡el número que organizó al portero daba grima!, a mí hasta me dio pena y eso que era bastante imbécil. “Pauli, use la escalera de servicio”. Y yo pasando, ¡con el carro de la compra voy a subir seis pisos!, anda y que te den por saco, pensaba, y haciéndome la tonta me metía en el ascensor. Eso sí, después del número se volvió más suave que un guante.

Entró en el cuarto de las hijas y empezó a recoger papeles y ropa desperdigada por las camas y la moqueta. Los muebles eran blancos con tiradores dorados, los edredones y las cortinas hacían juego, era una tela estampada en tonos pastel; sobre el escritorio había fotos donde estaban ellas de comunión, en la playa, en Roma, en Suiza esquiando, cada una tenía una fecha y el nombre del lugar. Al ir a cerrar un cajón vio un sobre abierto en el que todavía estaba la carta.

─Hace un par de años a la mayor la plantó el novio, no veas qué berrinche. Al principio la mamá estaba encantada con él y se las pasaba diciendo “qué muchacho más majo, y su familia es de lo mejor, como nosotros”.

Sí, de lo mejor, la nieta de un patatero. La niña andaba coladita, que si Martín la llevaba, que si la traía, todo muy romántico, hasta que la dejó embarazada. Tú cállate, pero yo de esto me enteré cuando vi el papel arrugado del test de embarazo, ¡qué semana! El otro no aparecía, sus padres dudaban que hubiera sido su hijo, Nuchi estaba histérica y su madre no digamos. Total, que al novio modelo lo mandaron a estudiar a Londres y a Nuchi también la mandaron, pero a otra cosa que ya te puedes figurar. Y encima cuando yo me casé, como se me notaba el embarazo, tuvo el descaro de decirme que si me iba a casar de blanco con esa tripa, me callé como una imbécil y le dije que sí, “pues eso es de zorras”. Me quedé tan pasmada que ni contesté.

Con mano temblorosa cogió el sobre, vio que estaba dirigido a la pequeña, se lo metió en el bolsillo y se fue al servicio donde se cambiaba, no sabía por qué hacía aquello, pero no podía evitarlo, el corazón le latía con fuerza.

“¡Hola Pati!

¿Cómo te va? Yo te echo de menos, cuando vaya en Navidad no pienso separarme de ti ni un momento, tengo ganas de verte, olerte, de achucharte. Como ves, he cumplido lo de mandarte una carta por semana. ¿Cómo está el resto de la gente? Supongo que guay, ¿no?

Las clases son un coñazo, pero Dublín está bien, sólo que llueve mucho, bueno tía te dejo que mañana hay examen.

Un morreo de Santi. I love you”.

Volvió a meter la carta en el sobre, ya no temblaba, sentía vergüenza y envidia, tiró de la cadena y salió del servicio.

─¿Qué hacías?

Dio un respingo y enrojeció como la grana.

─Perdone señora, yo…

─Es igual, no importa, mira, deja lo que estés haciendo y baja a la floristería, que te preparen un centro. Les dices que es para caballero, ellos ya sabrán, tú no elijas nada, toma esta tarjeta, aquí está la dirección donde tienen que enviarlo, date prisa. ¡Ah!, diles que lo pongan en mi cuenta.

Mientras hablaba, la empujaba en dirección a la salida, abrió la puerta y las últimas palabras las dijo en el rellano de la escalera, después cerró con un portazo. Se la veía bastante nerviosa, y la joven criada no se atrevió a llamar para coger su abrigo, bajó las escaleras corriendo y cruzó la avenida.

─Menos mal que está cerca ─pensó.

Soplaba un viento helado y algunas nubes grises se movían veloces por el cielo.

Llegó a la floristería tiritando. Mientras daba el encargo, la empleada asentía pausadamente.

─Creo que le corre bastante prisa ─añadió al final.

─Muy bien chica, que no se preocupe tu señora que enseguida estará ─dijo la florista.

Tendió el sobre con la nota y la hoja con la dirección. Al dársela, leyó en letras grandes “CLÍNICA RUBER”.

─Ten cuidado con las horas, te pagará cuatro y querrá que te quedes cinco. Si algún día estás mala o vas al médico, intentará que lo recuperes el sábado, tú pon cualquier excusa y ni caso, porque tiene un morro que se lo pisa. Cuando sea tu hora te vas y punto, y si te dice que dejas las cosas a medias, tú nada, que lo termine ella. Tocarse las narices y mandar es lo único que hace en todo el día; ha habido veces que la ropa ha estado seca en la cuerda todo el fin de semana hasta el lunes que la he recogido yo, incluso los cacharros se quedan ahí sucios.

Llamó al timbre y oyó unos pasos precipitados de tacones acercándose por el pasillo, abrió la señora.

─¡Ah! eres tú, pasa ─dijo, al tiempo que se colocaba una horquilla en el moño italiano, mientras sujetaba el resto con los labios.

─Ya está señora, les he dicho que tenía prisa.

─Bien, vale.

Giró distraídamente y entró en el cuarto de baño, se colocó frente al gran espejo y empezó a perfilarse los labios cuidadosamente con un rojo intenso.

─No, mejor algo más discreto.

Se frotó precipitadamente, sonó el teléfono.

─Apártate, ya lo cojo yo.

La criada la miró sorprendida, era la primera vez que decía eso.

─Además, están llenos de pijotadas, nunca se levantan a coger el teléfono, solo lo coge él cuando está en el despacho, a ella sobre todo, le encanta la frase “residencia de los señores de Ruiz y López”, el “y” es de su cosecha, que en la guía hay por lo menos media docena.

Apretaba el auricular como un naúfrago su tabla, solo murmuraba y asentía con la cabeza. De pronto, empezó a hablar y fue como si se rompiera una presa.

─No puede ser, pero ¿cómo que un infarto?, ya… ya… Sé que quería divorciarse, y cómo no cambió los papeles…, tenerlos a nombre de ella era una temeridad…, sí, los impuestos, pero ella nos odia. Y ahora que…, Dios mío. ¿Llamó al abogado? Bueno, si ya está allí, voy ahora mismo.

Cuando colgó el teléfono estaba lívida. Mientras mordisqueaba nerviosamente el collar de perlas, las lágrimas afloraban a sus ojos corriéndole el rímel y formando negros churretes que le daban un aspecto patético.

Se pasó el borde de la mano por los ojos y le dijo a la criada:

─Mira, yo soy una mujer de fe, y como veo que llevas crucifijo, te voy a pedir un favor. Verás, al socio de mi marido le ha dado un infarto, está muy mal, si se muere no sé qué va a ser de nosotros ─dijo gimoteando, después se serenó─. Hay muchas cosas sin arreglar. Yo ahora no tengo tiempo de rezar, he de ir a la clínica, pero reza tú por mí. Lo harás, ¿verdad?.

La criada asintió.

─Gracias mona, si vienen mis hijos les dices que ya llamaré, hasta luego ─se despidió con una sonrisa forzada.

Fueron juntas hasta la puerta, después la criada cerró con cuidado, cruzó la cocina y entró en el aseo minúsculo. Sonrió frente al espejo y se puso de rodillas apoyándose en el lavabo, besó el crucifijo, juntó las manos y dijo en voz alta:

─Señor, te pido de todo corazón que se muera.

FIN

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