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Jenaro

El cuento de «Jenaro» tiene para mí algo especial, en su momento lo escribí como una especie de broma, una historia fantástica dentro del mundo cotidiano pero quizá por la buena acogida, por las veces que he tenido que releerlo o por lo que sea «Jenaro» ha saltado de la ficción y ahora forma parte de esas criaturas que vuelan solas ( si leéis el relato lo entenderéis).

No cuento más.

Jenaro.

 Escúcheme señor comisario, por favor, mi marido no ha desaparecido, en realidad se ha evaporado, no me interrumpa con que es lo mismo, estoy en una cabina y tengo poco tiempo, todo comenzó el día siete de mayo, hacía bastante calor y él empezó a sudar, sí, ya sé que todo el mundo suda, no soy idiota, pero él sudaba de otra manera, con gotas gruesas que desaparecían casi al instante de su piel, al poco tiempo la habitación entera se impregnó de su olor y a mí aquello me pareció muy raro, sobre todo porque el fenómeno duró varios días, la ropa se le iba quedando cada vez más holgada y estaba hecho un pingajo húmedo, pues claro que fuimos al médico, pero sólo sirvió para que se derritiera más aprisa por culpa del calor de la consulta, en fin, que yo opté por ponerlo a resguardo en el rincón más fresco de la casa a ver si se le pasaba el sofoco, pero nada, a los pocos días vi que sus ojos flotaban dentro de las órbitas y las uñas carecían de sujeción sobre los dedos, comprenderá usted mi alarma y mi insistencia en visitar un especialista, ¡no hubo forma de convencerlo!, mi Jenaro es o era muy tozudo, ¡cómo se nota que es usted policía!, si he dicho es o era es porque no sé dónde demonios anda y si todavía es o no es, déjeme terminar y se enterará de todo, ya no sé por dónde iba ¡ah, sí!, muchas gracias, después de eso la cosa fue mucho más deprisa, o sea, que empezó a volverse transparente, si se le miraba con atención se veía un esqueleto bajo la piel, el suyo, cada vez que andaba iba dejando un reguero, y si se estaba quieto aparecía un charco, cómo sería la cosa que hasta le formó una gotera a la vecina, yo estaba como loca persiguiéndolo con la fregona y haciéndole sentarse sobre una bayeta ultraabsorbente, al fin, desesperada, lo metí en la bañera, puse el tapón y allí lo dejé porque me tenía ya aburrida, esto fue sólo un remedio temporal, ya que él siguió disolviéndose, abultando cada vez menos, y yo la verdad necesitaba ducharme, así que lo trasladé a un cubo a pesar de sus protestas, que eran un poco raras, porque Jenaro era ya un charquito y se comunicaba por medio de gárgaras que yo fui aprendiendo a descifrar, la solución no fue mala, sólo que de tanto cambiarlo de sitio, porque en todas partes estorbaba, un día muy caluroso del mes de agosto lo olvidé en la terraza y al volver de la compra vi el cubo vacío y a Jenaro convertido en una nubecilla blanca flotando sobre los geranios. Desde entonces corro tras él no sea que se disuelva en el anticiclón de las Azores, y por eso es mi llamada, para que avisen de que esa nube blanca y solitaria que flota por Madrid es, en realidad, mi Jenaro.

                                                                                                                                                                                                     

Un comentario

  • bea

    Es un placer que a la autora del blog «llàmamelista» también le guste el mío.
    Besitos.

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